Castígueme Pixar por dudar de su buen hacer, ya que no tenía yo muchas esperanzas depositadas en la tercera (y al parecer, última) entrega de la saga con la que la compañía californiana deslumbró por vez primera en el mundo de los largometrajes de animación por ordenador. Así, las aventuras del sheriff Woody y el ranger galáctico Buzz Lightyear llegan a su fin de la manera más brillante posible.

Al final ha llegado el momento crítico en la vida de los juguetes: Andy se va a la Universidad, y el destino de sus compañeros de juegos es incierto. Mientras Woody (Tom Hanks) es el elegido para acompañarle, Buzz (Tim Allen) y los demás acabarán juntos en el desván, pero un desafortunado error hace que acaben en la guardería Sunnyside, así que el sheriff de trapo tendrá que ir en su busca una vez más. Sin embargo, la guardería parece un lugar idílico para los juguetes, y tendrán que decidir entre lo que parece un paraíso y la fidelidad a un dueño que ya no tiene tiempo para ellos.

Toy Story hacía gala de un amor incondicional a aquella forma de jugar en la que bastaba con la inacabable imaginación infantil para pasar tardes inolvidables con unos muñecos. Toy Story 3 sólo se entiende desde ese mismo amor y veneración no sólo a aquellos tiempos (curioso que esto salga de la compañía más puntera en cuanto a tecnología) sino a unas creaciones que ya cumplen quince años.

Desde el brillante comienzo, que define un nuevo estándar técnico (ojo a la bomba atómica de monos), hasta el épico clímax final con su correspondiente epílogo emotivo, esta última entrega demuestra un mimo sin igual a todos los niveles, destacando por encima de todo un guión que es capaz de encontrarle el protagonismo adecuado a todos sus personajes: desde Barbie a Mr. Potato, pasando por Rex, Slinky, Jesse o el mismísimo Ken (con voz de Michael Keaton, quién lo diría), que genera las situaciones más divertidas de todas.

Pixar vuelve a demostrar una maestría que a día de hoy no tiene igual para manipular a su gusto las emociones del público: en un instante te deja boquiabierto con acción espectacular y al otro te retuerces de la risa sólo para dejarte un segundo después con un nudo en el estómago. Y así durante hora y tres cuartos que se acaban haciendo cortos. Pero si algo llama la atención de verdad es la facilidad para narrar sin apoyarse en diálogo alguno: el momento extraordinario en el que los juguetes se dan la mano es necesariamente un clásico instantáneo, comparable sólo al ya famoso flashback de Up!

No puedo pasar por alto, una vez más, el detalle del doblaje. Hay un momento en el que resetean a Buzz y en la VO habla en español: ¿era de verdad necesario coger a Diego el Cigala para tres o cuatro frases? Y conste que el hombre no lo hace ni por asomo tan mal como otros casos sangrantes que hemos tenido de doblaje de famosetes, pero que alguien me explique cuál era la necesidad, que yo no la veo.

En todo caso, un detalle menor que no le resta genialidad al conjunto, como tampoco que Pixar no haya diseñado Toy Story 3 para anonadarnos con el 3D (es más, esto es casi de agradecer), conscientes de que la magia no depende del número de dimensiones. Ah, y ojo con el corto llamado Day & Night. Otra obra maestra en seis minutos. Les salen solas.

Ficha en IMDb.

Web oficial.