Diez años contemplan al primer Spider-man de Sam Raimi: primera adaptación del mayor icono de la Marvel que no causaba espanto gracias a que la tecnología había avanzado ya lo suficiente para mostrarnos unas hazañas físicas creíbles en la gran pantalla. Ahora, con mayores avances si cabe en el mundo del FX, se reinicia de nuevo la saga del hombre araña con una revisitación tan competente como innecesaria.
Por si queda alguien que no lo sepa, Peter Parker (Andrew Garfield) es un adolescente con un talento científico tan grande como su incapacidad para relacionarse con los estudiantes más populares, como la guapa Gwen Stacy (Emma Stone). Investigando la relación que tenía con sus desaparecidos padres el doctor Curt Connors (Rhys Ifans), brillante herpetólogo que busca aprovechar las capacidades de ciertos animales para curar las enfermedades humanas, Peter es picado por una araña tratada genéticamente que le convertirá en el asombroso Spider-Man.
Como ven, con algunos detalles distintos, nada que sorprenda a alguien con un mínimo conocimiento del superhéroe neoyorquino por excelencia. Tampoco les sorprenderá que poco a poco Peter y Gwen vayan intimando, que Peter vaya descubriendo sus poderes o que al final consiga comprender eso de que “todo gran poder conlleva una gran responsabilidad”, frase que NO llega a decirse en ningún momento, al menos en la versión doblada. Eso sí es una sorpresa de las gordas.
Marc Webb parece más interesado en Peter que en Spider-man, y si bien se agradece que se tome su tiempo con los personajes, tampoco hubiera estado de más aligerar algún pasaje lentillo que otro. Eso sí, las apariciones del Lagarto son lo suficientemente espectaculares como para recordarnos que sí, que esto es una peli de superhéroes, y que a esta gente en el fondo se la conoce por darse de toñas con mallas bien prietas.
Garfield no desentona en ninguno de sus papeles y Emma Stone es mejor partenaire que Kirsten Dunst de aquí a Lima, a pesar de esa combinación minifalda-leotardos que la hacen vestir. En definitiva, lo más que se le puede echar en cara a este reboot es la cercanía con la trilogía de Raimi, porque es una película con bastante entidad como para soportar las inevitables comparaciones. Y por si se lo preguntan después de haber visto los tráileres: sí, aquí seguimos llamándole “espiderman”.





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