A mí que me lo expliquen. Por mucho que me estruje el cerebro, dudo que algún día llegue a comprender qué habrán visto en Saw VI para calificarla de película X. Lo único que se me ocurre es que le hayan puesto dicha etiqueta porque sea obscenamente mala, aunque si fuera por eso, ya les digo yo que en breve los cines tendrían que completar la cartelera a base de repeticiones de Ben-Hur, y no es el caso.

Esta entrega continúa la historia donde se cortaba (¿lo cogen?) el capítulo anterior. A saber, con Puzzle (Tobin Bell) muerto, sus peones, encarnados principalmente en el detective Hoffmann (un Costas Mandylor cada vez más abotargado) y la viuda de Puzzle, Jill Tuck (Betsy Russell) siguen adelante con su macabra obra. Esta vez, la víctima será la compañía de seguros que no quiso costear un caro tratamiento experimental contra el cáncer, personificada en un directivo, William Easton (Peter Outerbridge), que será sometido a los ya clásicos “juegos” del psicópata.

Puede parecerles un punto de partida débil, pero no crean, el resto es aún peor. En realidad, las adversidades que debe afrontar Easton funcionan como un simple relleno de lo que se supone que es el meollo del asunto, con Hoffmann jugando al gato y al ratón con sus compañeros, y resolviendo alguna incógnita que al parecer era de capital importancia para la saga y sus seguidores. Para compensar, se abren nuevas puertas a desvelar en futuras ediciones mientras estas resulten rentables, faltaba más.

La iconografía y estilo se mantienen intactos, claro que sí: aspecto sucio y oxidado, mecanismos de complejidad imposible, y sobre todo, sangre como en un matadero industrial. Es posible que, cuando lleguemos al final de la serie, Puzzle haya hecho derramar más litros de sangre que un cruce entre Chuck Norris y un tiranosaurio. Pero claro, ese es el logro de Saw: ser capaces de insertar secuencias del más puro gore en los circuitos comerciales (aunque aquí esta entrega les haya salido rana, Spain is different) sin que nadie se espante por ello.

Las actuaciones caen en lo esperable: los mutilados de turno gritan a voz en cuello, y Tobin Bell, que no sólo sale en flashbacks sino en auténticas apariciones paranormales (chúpate esa, Cuarto Milenio), habla tres octavas por debajo del registro humano. Lo habitual. Mandylor también actúa basándose preferentemente en la voz, porque de mofletes para abajo se mueve con la velocidad del actual Steven Seagal. Difícil que lo pongan de ejemplo de interpretación salvo en las escuelas marlonbrandonianas.

En fin, más de lo mismo, por lo que no se entiende que se hayan tomado medidas contra la exhibición de este episodio, habida cuenta de los casos anteriores, algo sangrante (nuevo guiño) para los fans. Yo de la Comisión de Calificación estaría preocupado: ahora están en el punto de mira de Puzzle.

Ficha en IMDb.

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