Qué desastre, de verdad. Mira que no pedíamos una revolución en lo que atañe al cine palomitero, pero es que en esta ocasión se han esforzado poquito, poquito. De poco sirven los esteroides de Jake Gyllenhaal y los muchos millones de presupuesto cuando la estructura básica falla por completo.

Dastan (Jake Gyllenhaal) es un príncipe bastante saltarín que junto a sus dos hermanos y aconsejados por Nizam (Ben Kingsley), el hermano del rey, asedian e invaden la ciudad de Alamut, regida por la princesa Tamina (Gemma Arterton), puesto que allí parecen estar fabricando armas para los enemigos de Persia. En realidad, lo que guarda Alamut es la codiciada Daga del Tiempo, que permite retroceder al pasado a su poseedor y cambiar los acontecimientos a su antojo. Para protegerla, Dastan y Tamina acabarán uniendo fuerzas.

Lo primero que vemos al empezar la película es el ardiente sol desértico y unas frases sobreimpresas sobre el destino, almas y zarandajas filosóficas cutres que ya nos hacen temer lo peor. Cuando la peli acaba, uno se da cuenta de que las frases son la excusa de los guionistas para intentar justificar el desastre del final, tan incoherente como penoso. Así de cuidada está la trama.

En realidad, dicha trama es tan poca cosa para llenar dos horas de película que es imposible quitarse de encima la sensación de que todo está hinchado artificialmente (no sé si los bíceps de Dastan habrán pasado por ese mismo proceso) a base de personajes ridículos (mención especial para el “empresario independiente” interpretado por Alfred Molina) o de giros “inesperados” de guión (ay, esa escena con Ben Kingsley en el funeral).

Pero lo cierto es que todo eso sería más o menos perdonable si Prince of Persia: las arenas del tiempo ofreciese un espectáculo a la altura, cosa que no hace en casi ningún momento porque ni Mike Newell es un especialista en las escenas de acción ni el montaje, funesto como pocos, permite apreciar las hazañas acrobáticas de Dastan. Digo yo que será porque el stuntman daría demasiado el cante, o porque lo que sí se puede apreciar gracias a la cámara lenta, es para sonrojarse. Ojo a la lucha entre el lanzador de cuchillos y un hashshashin con aguijones a lo Mortal Kombat.

Y cómo no, sería injusto no dedicarle tiempo a la pareja protagonista. No es sólo ya que Gyllenhaal tenga los rasgos menos orientales posibles, sino que tampoco tiene vis cómica alguna, al menos como Dastan. Y la química con Gemma Arterton, muy guapa y muy insufrible, es inexistente. Pero por si esto fuera poco, los diálogos entre ellos hacen que uno quiera imitar a las avestruces de Alfred Molina y meter la cabeza en la arena. No se pueden hacer peor.

No hay mucho más que decir sobre la enésima producción fallida sobre un videojuego de éxito. Aburrida, predecible y toscamente filmada, con unos personajes más acartonados que los propios decorados y diálogos de niños pequeños. Y cuidado, porque la intención es hacer una saga, así que esta vez lo peor aún está por venir. Quién tuviese una Daga del Tiempo.

Ficha en IMDb.

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