Los mercenarios se prometía como la respuesta nostálgica de Stallone al cine de acción actual, que parecía haber abandonado en su mayor parte al tipo duro y de frases lapidarias que dejaba un reguero de incontables cadáveres a su paso. Para ello, ha intentado reunir a cuanto “duro” ha podido en busca de la explosión definitiva de testosterona.

El argumento es una mera excusa para tener un campo de batalla apropiado. En pocas palabras, el misterioso señor Iglesia (Bruce Willis) contrata a un grupo de mercenarios encabezado por Barney Ross (Sylvester Stallone) para derrocar al clásico dictador sudamericano que en realidad es un peón del malvado ex-agente de la CIA Munroe (Eric Roberts). También hay un interés romántico por ahí encarnado en la exótica Sandra (Giselle Itié), pero nada destacable.

Como se imaginarán, aquí lo fundamental es la cantidad de horas de gimnasio que suman estas bestias pardas que ha reunido Sly para la ocasión. Con la excepción de Van Damme (que al parecer tenía proyectos interesantísimos que le impedían participar, como ir al callista o algo parecido) y Steven Seagal (seguramente desestimado porque hay escenas que implican algún movimiento), lo que ven es lo que hay.

Asombra ver el físico de tipos como Stallone, de verdad. Sesenta y cuatro añazos y sigue mostrando una fortaleza a prueba de bombas. Es más, yo creo que ha habido películas bastante más antiguas en las que no estaba tan musculado como actualmente. Eso sí, en más de una escena canta bastante que está subido a algo, porque si no, aparecer cara a cara con un sujeto como Dolph Lungren (posiblemente la aparición más celebrada junto a la de Gobernator) sería señal de que la altura también puede ganarse en el gimnasio.

La propuesta tiene bastantes puntos flojos, ya que es imposible quitarse la sensación de que hay gente muy metida con calzador (es el caso de Mickey Rourke), y de que ni el bueno de Sly ni el de su co-guionista, David Callaham, han sabido encontrar cómo hacer más creíbles las relaciones entre los distintos “prescindibles” (no olvidemos que este último es el responsable de Doom). De todas maneras, tampoco es que Statham o Li sean actores con una vis cómica tremenda, pero si hubiesen encontrado la tecla de las punch lines adecuadas, podríamos estar ante algo memorable.

Lo que no defrauda es la acción, que llega a unos niveles tan frenéticos que no sería de extrañar que uno saliese del cine con el cuerpo amoratado. En Los mercenarios todo (y me refiero a “todo”) es susceptible de explotar, reventar, incendiarse y salir por los aires. Igual da un camión que un edificio, un muelle entero que una tienda de campaña: todo hace boom. Conscientes de que sin disparos, el interés decae exponencialmente, el ritmo va a toda velocidad hasta desembocar en un asalto final a la isla demencial, con tiroteos, bombardeos y peleas cuerpo a cuerpo sin respiro alguno, algo afeadas, eso sí, porque Sly ha preferido acercarse más al estilo actual de rodaje que al de los años ochenta.

Aunque es posible que Los mercenarios sea más disfrutable por aquellos que vivimos los grandes momentos de los hombres de acción clásicos, puede también resultar atractiva al público actual del cine de acción más palomitero y que se acerque a ver una película sin más pretensiones que la pura diversión del respetable. Y si hay suerte, quizás volvamos a ver más cosas por el estilo, que a Sly parece quedarle cuerda para rato. Mejor que mejor.

Ficha en IMDb.

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