Daniel Radcliffe, cuya imagen permanecerá ligada para siempre con el personaje de Harry Potter, intenta poco a poco ir labrándose una carrera alejada del mago inglés. Ahora, de la mano de la mítica Hammer, da un paso adelante sin necesidad de menear la varita.
Arthur Kipps (Radcliffe), un joven abogado que pasa por un mal momento personal y profesional, tiene que desplazarse a un pequeño pueblo para poner en orden los papeles de la propietaria recientemente fallecida de una mansión que guarda terribles secretos. En su búsqueda sólo podrá contar con la ayuda de Sam Daily (Ciarán Hinds), ya que el resto de los lugareños son completamente reacios a entablar contacto con él. Desde luego, algo huele a podrido en Dinamarca.
La mujer de negro intenta conciliar la estética clásica del terror gótico, con sus mansiones encantadas, su decrepitud y sus paisajes llenos de árboles retorcidos; y las apariciones fantasmales al más puro estilo del horror oriental. Si algo sabe el cine occidental es de ir añadiendo elementos externos y acabar asumiéndolos con naturalidad como propios. Claro que aquí no se encontrarán niños sumergidos en polvos de talco, sino que todo se deja a cargo de los FX.
Esta mezcla aparentemente extraña funciona mejor de lo que cabe esperar, y a pesar de que el espectador habitual de este tipo de producciones ya no se sorprende de nada (incluso no es difícil reconocer escenas muy parecidas en otras películas), la fotografía y el diseño de producción sí consiguen que uno se sumerja en ese ambiente malsano, de forma que no sería extraño ver en una de las habitaciones a Poe peleándose con un cuervo.
Como película de su tiempo, no obstante, también se basa con fruición en el golpe de sonido a tiempo, recurso efectivo y facilón donde los haya, con lo que sus tímpanos serán puestos a prueba una y otra vez. Esto, sin embargo, no impide que La dama de negro consiga alguna que otra secuencia realmente inquietante, aunque el letrado Kipps parezca tener unos nervios de acero, incluso viéndose rodeado de unos juguetes mecánicos que hacen que los primigenios parezcan creaciones de Disney.
Radcliffe está correcto como hombre apesadumbrado y los secundarios cumplen sin aspavientos. Cómo no, Ciarán Hinds hace gala de su porte irlandés, a pesar de que parece estar transformándose en Alfred Molina, pero nadie se ve particularmente exigido.
Entretenida y bien hecha, La dama de negro no va a revolucionar el género ni les provocará pesadillas eternas, pero todos sus elementos, aunque vistos, están muy en su sitio, de forma que no resulta ridícula como cosas recientes que prometían más de lo que podían cumplir (ejem, ejem, Insidious). Si esto insufla aire fresco al terror de inspiración romántica, bienvenida sea la Dama: así los ambientes sórdidos y putrefactos no tendrán que limitarse a la televisión actual.





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