En la campaña de promoción de Green Zone – Distrito protegido se incluye una cita sacada de Empire que reza “Bourne se hace épico”. O bien el concepto “épico” se ha cambiado radicalmente sin avisarnos o lo que han cambiado ha sido la película, porque la saga de Bourne y esto se parecen como un huevo a una gacela de Thomson. Protagonista, director y paren de contar.

Aquí Matt Damon es el alférez Miller, que empieza a cansarse de que cada misión de búsqueda de las Armas de Destrucción Masiva iraquíes acabe en chasco, el cual, al descubrir casi por casualidad a un importante general de Saddam empieza a atraer la atención de dos facciones opuestas de su gobierno, encabezadas por Poundstone (Greg Kinnear) y Brown (Brendan Gleeson). Como cada uno tiene una idea distinta de cómo debe encararse el futuro de Iraq, pues será el propio Miller el que tenga que decidir si quiere más a papá o a mamá.

Green Zone engaña un montón: arranca como una cinta de acción desenfrenada, y parece presagiar una escalada hacia niveles de espectacularidad impresionantes, pero la cosa da un giro hacia la intriga política y, por qué no, hacia la crítica de lo que hoy se asume como una excusa para derrocar el régimen del dictador suní. Vamos, que las famosas ADM no existían.

Todo ello, cómo no, rodado al estilo de Greengrass, con su nerviosa cámara al hombro, y todos esos recursos que emplea (a veces de manera un tanto forzada) para imprimirle vitalidad a lo que cuenta: zooms salvajes, desenfocados, contrastes brutales… La imagen que obtiene es muchas veces borrosa, repleta de grano, y en la que no es extraño tener que esforzarse para saber dónde mirar. Es más, hasta los créditos finales yo ni siquiera estaba seguro de si el líder de las fuerzas especiales era el británico Jason Isaacs o Lemmy Kilmister.

El caso es que a pesar de que hay poco de tiros y mucho de atar cabos con un metraje que roza peligrosamente las dos horas, uno no llega a aburrirse. Yo intuyo que el mérito es del director (y de su montador, que es capaz de encajar planos cortísimos uno tras otro sin superar el límite que provoca epilepsia), porque el libreto es de lo más convencional en su planteamiento, sobre todo en esta época que nos toca vivir, en la que el máximo antagonista suele ser un chupatintas, para más inri, de casa. Con los funcionarios hemos topado.

A Matt Damon, que no es mal actor, le sobra con su aspecto de patriota sanote. ¿Recuerdan el chiste de una famosa serie de animación (no recuerdo si Los Simpson o Padre de familia, ya me perdonarán) en la que Tom Hanks hacía un anuncio porque tenía más credibilidad que el Presidente? Damon va por el mismo camino: le ves, y zas, sabes que es un tipo íntegro y honesto. Hasta le disculpamos haber jugueteado con el lado oscuro en Infiltrados. Los secundarios, pues eso, muy secundarios. Lástima que a Isaacs no le haya caído un papel más interesante, pardiez, pero es que la peli no lo requería.

Pueden ir a verla tranquilamente, a no ser que su sentido del equilibrio sea delicado. Nos cuentan algo que ya sabíamos y con un claro posicionamiento ideológico, pero de forma tan entretenida y por momentos tan emocionante que hasta aceptamos “barco” como animal acuático. Eso sí, no se parece en nada a Bourne, salvo en el exterior, pero ya sabemos que eso no es lo fundamental, ¿no?.

Ficha en IMDb.

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