Predators (Predators, 2010)
Robert Rodriguez tiene mucho mérito. Se ha labrado una carrera en Hollywood a base de hacer serie B, unas veces de manera disimulada (como Sin City o esta Predators) y otras sin ningún sonrojo (como Planet Terror o la próxima Machete). Aún así, el tejano sigue creando interés con cada nuevo proyecto que toca. Desde luego, ser colega de Tarantino tiene sus ventajas.
En Predators, un grupo de tipos duros es llevado desde diversos puntos de la Tierra a una reserva natural en un extraño planeta. Allí, gente como Royce (Adrien Brody) e Isabelle (Alice Braga), entre otros, habrán de vérselas con los Depredadores, que usan esa reserva como coto de caza.
Hasta aquí, lo que da de sí el argumento de Predators, así que imagínense el resto, que viene a ser una copia del Depredador original de McTiernan con la misma gracia que una patada en la espinilla. Para empezar, alguien debería haberle dicho a los responsables del casting que si ya Adrien Brody parece una presencia discutible como héroe de acción, convertir su personaje en el equivalente del Dutch encarnado por Schwarzie es una metedura de pata en toda regla, por muchos abdominales que luzca al final.
Además, las frases chulescas que le hacen pronunciar, del tipo “sé lo que nos están haciendo porque es lo que haría yo”, no ayudan demasiado a tomárselo en serio, aunque esto puede que sólo le pase a los espectadores, porque de manera asombrosa, al instante, los tipos más malvados y peligrosos del planeta le toman como líder sin pregunta alguna. Así de trabajado está el guión.
Pero lo peor está por llegar, con una aparición “estelar” de un Laurence Fishburne que viene a ser una mezcla entre Bear Grylls y Murdock, y con los bandazos que pega hacia el final de nuevo el tal Royce. Desde luego, no hacía falta que se tomasen tantas molestias en sacarnos de la película.
Tampoco se profundiza demasiado en la mitología de los Yautja, salvo que hay dos especies enemistadas entre ellas, y que usan unas criaturas equivalentes a nuestros perros de caza, las cuales, por cierto, desaparecen a mitad de la película sin dejar rastro alguno.
En fin, que todo se reduce a hora y tres cuartos de conversaciones anodinas, actuaciones que rozan lo lamentable, muertes poco originales de personajes que importan un comino y la eterna sensación que dejan estos reboots: que para no contar nada nuevo ni interesante, mejor no molestarse en hacerlo. Eso sí, Rodriguez a lo suyo, que hay que ir preparando la secuela.
- Por Loberto
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